CARTA DE LOS ARDIENTES [ella luce un collar hecho de nieve y besa al hombre suyo, amamantado por la lumbre de las copas]

Todo lo intercambiamos, devorándonos [Enrique Lihn]
(Imagen: Fragmento. Juliao Sarmento)

No se lo diremos a nadie. Jamás. Hay una ciudad detrás de la cortina, hay también un puerto. La nieve cubre ahora los tejados y las barcas. Hace cuatro noches que soñamos con serpientes: es la marea en esta galería de espejos, la prolongación del contoneo. A cierta hora, a cierta temperatura, algo en nuestros cuerpos se animala. Hemos aprendido a devorarnos sin estremecer a los que duermen. En otro país, en otra celda, a ras de suelo. Con la boca toda alcohol y desmontados, una nueva parada nupcial nos devuelve a los trabajos de la carne; cometemos, entonces, un crimen más hermoso. Bramar, decimos, languidecer. La sangre de los ciervos aún corre y nos mantiene tibios: no comprenderemos nunca el lenguaje del invierno, aun cuando la nieve, puntual en su caída, suspenda en nuestros ojos la violenta geometría de los palacios.

A cambio, ataviados con la piel de los mamíferos, acercaremos a la costa la flama prometida por la luz de las antorchas.

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Acerca de DANIELA CAMACHO

México, 1980. Poeta y traductora.
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