La vocación de arder [o algo sobre la lectura]

(Fotografía de Sara Luna)

Hay que decirlo: Hay libros como calles bulliciosas y perfectamente iluminadas, libros que son granadas a punto de estallar en nuestras manos, libros espejo, libros como amantes potenciales, libros e historias que nos crecen debajo de la piel y nos transforman, libros peligrosos como barrios calientes, libros tan bellos que nos dejan en la boca un gesto de espanto. Yo me los he encontrado de todo tipo, voluptuosos, encendidos como antorchas en estantes de modernas librerías, con un millón de voces dentro diciendo con arrojo vida, amor, cuerpos, carnaval, manicomio; o sosegados, con ese olor a polvo y tinta que siempre me seduce, en estrechas y antiguas librerías de la calle Donceles, libros para siempre, para darle en la cara a la palabra soledad.

He visto a una mujer saltar de un cuento a un poema, salir de puntitas de las páginas de la herbolaria para ir a las de magia blanca; he sido víctima (con su dosis de placer) de libros tiranos. Porque mi relación con los libros es mi relación conmigo, y ya se sabe que cuando una mujer ha sido tomada por el corazón, la cosa arde. En cada lectura, en cada visita a ese lugar paraíso que son las librerías hay un llamado, una voz pequeña y oscura que me dice: “Escribe, escribe, haz de las palabras tu morada”. Y escribo. Y leo con deleite a autoras y autores que no se amedrentan ante la crítica, los lúcidos, irreverentes, los que trabajan con rigor y me cuentan historias por las que vale la pena perder el sueño, aquellos que reconocen el riesgo en la escritura y lo llevan al extremo, los que hacen un poema de cada pájaro decapitado. Elijo a los vertiginosos, los que se arriesgan, los que hacen de mí una lectora voraz porque en sus palabras hay fuego. Y entonces leo con furia, con asombro, desconfiando en cada página, creyéndomelo todo, siendo una y todas las mujeres, los hombres, lo que se despoja; entrando en cada universo como quien comete un crimen para ser salvado. Y el libro crece como tabla de naufragio; el acto único de lectura-escritura como mi manera de habitar el mundo, de multiplicarme, de salir de mí para volver y preguntarme, preguntarme siempre.

El texto completo puede leerse en “Perdidos entre libros”. Reportaje sobre literatura mexicana (p.27-37); que apareció en el número 45 de la Revista U.
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Acerca de DANIELA CAMACHO

México, 1980. Poeta y traductora.
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