[Fuyuko Matsui: una estética de la sombra]

Por suerte, decía, nuestro destino es la intemperie, estar desprotegidas es un don
[María Negroni].
(Fuyuko Matsui. Keeping up the Pureness)

No es luz lo que inunda nuestras córneas, es un fulgor enrarecido, una imagen (universo) feroz cuya belleza reside en lo siniestro y visceral, en el terreno grácil de lo insano. El arte de Fuyuko Matsui (Japón, 1974) nace de cierta vocación por lo oscuro, de un entrañable lazo con el pasado, con el mundo espectral que, si bien no se manifiesta de manera vertiginosa en el panorama de la plástica contemporánea, ha poblado el imaginario japonés desde cientos de años atrás. Comprometida con una confección rigurosa y un vocabulario visual notable, lejos de la agitación del manga, las técnicas occidentales y la cultura pop, Matsui busca una mayor profundidad en su expresión a través del estilo japonés tradicional, nihonga, que exige ser ejecutado en papel japonés o seda, con el uso de pinceles, tinta china y pigmentos naturales. Elige el trazo fino, el trabajo minucioso, con la exquisitez de quien sabe que en la mesura y el detalle habita una fuerza mayor, más poderosa.

La primera vez que oí su nombre miraba un pequeño jardín de campánulas en un templo budista de Kioto. Pensaba en la poesía de Marosa di Giorgio, en sus bosques también misteriosos, en la magia que se logra a oscuras. Una cosa me llevó a otra y mi encuentro con su obra fue febril, ahí ocurría un deslumbramiento y, también, una inmediata asociación con la pintura de Leonora Carrington y Remedios Varo. Se tendía en ese momento un puente por el que he de seguir transitando mucho tiempo, un vaso comunicante con el arte occidental que no se da en el terreno de la técnica, sino en la inquietud de su narrativa gráfica, como quien confirma la existencia de un alma universal. Matsui se propone revelar aspectos tenebrosos de su propia psique y esto sucede, de manera natural, como un encantamiento. Son blanquísimas mujeres de mirada fantasmal, flores voluptuosas, bosques de sombra y animales como visiones quiméricas los que dan lugar a este hechizo. Es un deambular de los habitantes del sueño en noches dadas a la confusión y la bruma. Una hermosa manera de abismarse.

Pero algo debe quedar claro, no es sólo un mundo de fantasmas lo que le interesa, sino el sentimiento de angustia o soledad que prevalece en la sociedad japonesa moderna. En sus obras nada ocurre de manera arbitraria, la artista está dispuesta a correr los riesgos necesarios para provocar al espectador, para recordarle que donde hay luz también hay tinieblas. Su principal vehículo es el cuerpo: la mujer y el cuerpo herido, violentado, la mujer demente, la Narcisa, insalvada a pesar de su juventud y belleza, la que huye, la mujer muerta. Todo nos parece de otro mundo, el de los sueños, quizá; el de las apariciones. Entonces detenemos los ojos y la respiración en un bosque de lilis, de amapolas, crisantemos y algunos frutos, como si todas las estaciones fueran posibles en ese momento. Un bosque de flores como sexos donde yace una mujer desnuda y abierta, con las entrañas expuestas a la visita de tiernos roedores y al posible estremecimiento del que mira. En el útero, un cuerpo menor; en los ojos, un brillo. La misma Fuyuko Matsui ha dicho sobre esta obra, Keeping up the Pureness (Manteniendo la pureza, 2004), que hay un gesto victorioso en el rostro de la mujer, pues a través de su propio cuerpo, de la exposición del útero, confirma su poder. La artista no se siente familiarizada con el cuerpo masculino y por esa razón este no forma parte de su imaginario; ella construye sobre lo que conoce, entra en cada uno de sus cuadros para no salir de ahí jamás.  Y si digo entra es porque a Matsui no le basta con explorar la superficie. Hurga, devela, nos muestra el cuerpo humano en toda su sensual anatomía: hay músculo y venas y esqueleto. Muchas de estas heridas abiertas son mordeduras de animales que vulneran el cuerpo femenino; algo de bestialidad nos es revelado. La artista reconoce en estos dibujos una influencia de los estudios anatómicos de la época Edo.

Asistimos, también, a la recuperación de un paisaje, como si Matsui fuera capaz de traerlo del pasado y dotarlo de nuevos hallazgos para la mirada atenta del espectador. En este sentido, la tradición se articula en el presente y lo que atestiguamos es una gestación de arte de nuestro tiempo, una afirmación de pulsos actuales, que reconoce su origen y su inspiración en otros siglos. Y es que Fuyuko Matsui tiene el alma recargada en una estética clásica; admiradora del arte del maestro chino Ma Yuan, así como del japonés Hasegawa Tōhaku o del más cercano Gyoshū Hayami, la joven pintora responde con firmeza a la pregunta de entrevistadores sobre sus afinidades estéticas con los artistas de su generación, diciendo: no, no admiro a ninguno de mis contemporáneos.

La poética de su trabajo plástico se fortalece de manera individual en la escena del arte japonés. Hay quien la encuentra ominosa en contraste con aquello que, masivamente, es aceptado y comercializado, pero hay también una cofradía de deslumbrados que agradecen el asombro, la belleza de lo desencantado.

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Acerca de ladelallave

"Un día al despertar nos damos cuenta/ de que apenas recordamos el camino hacia esa casa perdida,/ y ahogados de vergüenza y cólera/ corremos hacia ella, pero (como en los sueños)/ todo es ahora distinto: las personas, los objetos, las paredes/ y no nos conoce nadie: somos extranjeros" [A. Ajmátova]. Yo: poeta mexicana en Tokio.
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2 respuestas a [Fuyuko Matsui: una estética de la sombra]

  1. Leo Lobos dijo:

    Sublime, gracias por compartir, abrazo desde Santiago de Chile

    Leo Lobos

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