La subversión y la soledad del discurso poético: “Plegarias para insomnes”, de Daniela Camacho [por Félix Suárez]

(Imagen: DCJ)

I

Para Claude Esteban, la poesía no habita el lenguaje como una casa prexistente cuyo ordenamiento le tocaría sólo verificar y confirmar. Por el contrario, su signo es la transgresión, la subversión. Y en efecto, la poesía trastoca, subvierte el lenguaje con el lenguaje mismo. O mejor aún, crea un lenguaje dentro de otro lenguaje. En este sentido, como quería don Alfonso, la poesía es un combate contra el lenguaje. Por eso Paz creía que la relación que establece el poeta con las palabras es siempre una relación polémica, guerrera, hecha de violentos rechazos y aún más violentas conciliaciones. En su trato con las palabras subyace inevitablemente el conflicto y el desafío. No en vano, Reyes lo definía como el combate de Jacob con el ángel, es decir, «la lucha con lo inefable en la desolación del espíritu».

         En este implacable asedio sobre el lenguaje, el poeta abre una breve brecha entre la lógica formal, haciendo un uso particularísimo e irrepetible de la lengua. Su propósito es vasto y acaso por momentos desmesurado: linda con la aspiración del místico y del santo: hacer accesible el «otro mundo». Pero la poesía no busca ese «otro mundo» fuera de este mundo; busca el mundo oculto tras la realidad. Y el poeta quiere la Realidad, dice María Zambrano; quiere toda la realidad, «la que es y la que no es». Éste es su destino y su desafío.

         El poeta como el místico, entonces, quiere nombrar eso oculto que no tiene nombre, pero que existe, sabemos, dentro de nosotros, con una realidad mayor y aun más apremiante que la que perciben apenas nuestros sentidos. Kierkeegard consideraba que el lenguaje era incapaz de traducir la totalidad de la experiencia humana, y aunque no negaba la existencia de esos ámbitos inexpugnables para la conciencia, creía que las palabras fracasaban en su intento de traducir la realidad de esas emociones. Y si no es posible hablar de esas «otras realidades», de revelar ese «otro mundo», entonces los hombres estamos condenados de manera inevitable a la soledad.

         Ésta es una de las verdades caras al solipsismo filosófico. Pero el poeta sabe que la poesía ha permitido a los hombres reconocerse en su precaria existencia, apiadarse unos de otros. O tal vez solamente les ha permitido comunicarse de maneras más profundas y auténticas de lo que  les concede el uso convencional de la lengua.

II

En Plegarias para insomnes, Daniela Camacho ha entrevisto esta realidad de la poesía, sustentada en la transgresión lingüística. Por eso las palabras de sus poemas van en busca no de las nociones adquiridas, sino del espacio del desafío, que nos obliga a mirarlas y a re-significarlas desde una perspectiva no habitual para la experiencia del lector. Así, desde la intensidad de una prosa poética y polifónica, Daniela se sumerge en el intento por individuar el uso y la dimensión semántica de algunas palabras y construcciones verbales suyas. Dice, por ejemplo:

Nochísimos insomnios. O
las más insomnescentes horas. O bien,
Sólo sé la más terrible ausencia, su tristar apenas muerto,
 ya lejano, mudecido.

           O esta hermosa imagen que atraviesa frente a nosotros, desplegando sus velas:

El enfermo lutecer de los navíos errantes.

     En esta intención subversiva de felices consecuencias, la poeta descoyunta la estructura convencional de las palabras para re-presentarlas con un sentido nuevo en el poema. El efecto es aquí doble; por una parte, trastoca la estructura morfológica de las palabras, y por otra, reconstruye sentidos inimaginables al aparearlas en sintagmas inéditos, en construcciones gramaticales que requieren de más de un canal perceptivo por parte del lector. Reparemos si no, tan sólo en la sinestesia de estos versos cuando la poeta se refiere al laúd que «Se cansó de musitar y musicar sus todas partituras».  O en esta otra línea, de impecable factura:

…cuando cada pájaro salpica de purpuridad el vuelo.

         La poesía es, así, en este sentido, desajuste, conmoción verbal, trastorno que busca remediar el empobrecido orden al que hemos sujetado sin piedad el lenguaje. Mallarmé creía justamente que el cometido del poeta era éste: «devolver  su confusión a las cosas», reinsertándolas en «la fluidez con que el alma las contempla». La poeta de Plegarias para insomnes lo entiende así. Por eso, la escritura de Daniela se mueve entre la conmoción verbal y el vértigo, entre el asombro que suscitan sus imágenes y el juego al que nos convocan sus apariciones. Y en efecto, Daniela juega a recordar urdimbres de palabras, estructuras gramaticales que perdimos acaso al paso de los años. ¿Son estas palabras suyas construcciones oídas ya en algún otro recodo de nuestra infancia? ¿O sólo las re-conocemos, las recordamos de algún otro sitio, gracias a la mano providente de la poesía, como si el alma las volviera a rencontrar en las líneas presentes, según lo imaginó Platón?

         Daniela Camacho ha acertado en su búsqueda; por eso sus poemas alumbran nuestra mirada sobre las cosas: «Sobrio y arterial diluvio de palomas», anuncia la poeta al inicio de otro de sus textos. O nombra, por ejemplo, el desconsuelo de este modo:

Atardecí como la ahogada en un río de pájaros.

       La puesta en escena del lenguaje es esencial en el poema siguiente, donde el ritmo construye indudablemente el desplazamiento de las imágenes, y la forma se aviene giratoria a la marcha ascensional de la respiración:

Ebria que no, que de la luz no. Ebria y salmodiada por la noche no. Los pájaros más negros de mi boca y los cuchillos no, que de la muerte no. Todo el silencio y el gemir de oboes, la muchacha prostituta en mi ventana, el musgo entre los dientes no. El canto tremebundo de cigarras no, la hondura no. Yo arrastro este muñón de lengua entre palabras mudas que ya no, que lloran porque no. Y es ésta mi plegaria, ésta mi más dulce imprecación: la del dolor que no.

       La poesía, pues, borra todas nuestras marcas cotidianas; no limpia los opacos cristales con los que apenas vemos la mentida realidad de todos los días. No. Nos acerca por primera vez al agua, tocamos por primera vez, con la cara al aire, el caricioso animal de la noche. Luego nos deja en silencio, palpitantes, segura de que volveremos otra vez a necesitar de su mano.

         La poeta de Plegarias para insomnes lo sabe, y como quien muestra de cerca las insólitas pepitas de oro de su hallazgo, nos comparte sus plegarias, segura también de que son, asimismo, un bien común, lazo de nuestras consonancias y consanguíneas emociones; las visiones idénticas que miran los insomnes cada noche al apagar sus ojos.

Félix Suárez

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Acerca de DANIELA CAMACHO

México, 1980. Poeta y traductora. Autora de los libros 'Experiencia Butoh' (Amargord Ediciones, España y Cosmorama Edições, Portugal, 2017); 'Lantana' (Ejemplar Único, España, 2017); 'Carcinoma' y 'Híkuri' (Libros de artista, Artes de México, 2014) e '[imperia]' (Editorial El perro y la rana, Venezuela, 2013); entre otros.
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Una respuesta a La subversión y la soledad del discurso poético: “Plegarias para insomnes”, de Daniela Camacho [por Félix Suárez]

  1. La poesía puede ser todo esto y más, y los poetas a veces terminamos siendo poemas.
    Saludos.

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