[En alguna parte hay un hombre, quedamente, haciendo el acto irrepetible del poema]*

(Imagen: Oswaldo Guayasamín)

La inefabilidad, el desafío, un volver -de manera siempre natural- sobre el tema de lo humano, del amor como trauma  o accidente, pero también como redención y acontecer político, son características de la obra de Cristian Avecillas desde libros anteriores como Abrazo entre caníbal y mujer enamorada, Todos los cadáveres soy yo y Ecce Homo II. La contundencia inusual de su voz, no sólo entre las voces jóvenes, nos deja claro que todo en él es apetito y voracidad, sin que eso sea un obstáculo para permanecer unido, de manera solidaria y fraternal, al resto de los hombres. De ahí que su poesía sea un museo de la esperanza, un lugar donde sucede el milagro de los cuerpos, con todo su peso de sangre y carnidad, como instrumentos afinados para la desmesura.

Ya desde la primera página de Estrategias para descarriar a una mujer se anuncia en voz de Roland Barthes: aquí hay “alguien que habla en sí mismo, amorosamente, frente a otro”. Esta declaración nos coloca cara a cara con una “acción de lenguaje”, con un acto poético que toma su lugar en el espacio-tiempo y acontece desde el yo.

Pero todo discurso amoroso, aun cuando no sea descriptivo, encierra una mística, o como lo ha señalado Julia Kristeva, una profundidad lingüística. Y en el caso de Estrategias para descarriar a una mujer, existe también una escenificación. El poeta-dramaturgo privilegia el rito, la celebración y, por tanto, su oración exige ser representada. De esta manera parece recordarnos que el amor, como el teatro (o el cine), es también un “lugar para contemplar”.

Si abrimos los ojos, veremos que frente a nosotros hay una escenografía. Hay una ciudad. Una calle. Hay una esquina inesperada y atardece. Los sujetos del amor apenas respiran. Ahí está el coro (un descubrimiento, una irrupción, las estrategias, la misión). Está el hombre (el silencio del hombre, su propuesta). Está la mujer (el pensamiento, la intuición, la duda, el asentimiento). Está también el libro (las páginas del libro, el poema, la argumentación). Y está el tiempo, su devenir (el beso, el movimiento, el arrojo, el amor, la despedida).

¿Cómo se produce, entonces, en la confección del último libro de Avecillas, el discurso amoroso? En voz de mujer. Es ella la que enuncia, es ella la que explica: “En la mitad de lo sagrado/ me ha brotado el animal de lo sagrado:/ Nada iguala al tino que tiene un hombre cuando calla”. Y es el coro (que podríamos decir el pensamiento) quien construye y dicta la estrategia, quien declara el objetivo, la misión. Y una vez que la relación ha comenzado, el hombre hace fisura en el silencio para, osado y satisfecho, declarar: “Te toco/ y renaces en las partes donde no te conocías”. Asistimos, aquí, a pulsiones de diversa índole: la seducción, la duda, la persuasión, el amor en su apogeo. Ese éxtasis. Y después, lo irremediable: la caída. El adiós. ¿Pero no hay en toda despedida una insistencia, un deseo de volver a comenzar?

Así, con la fecundidad verbal que caracteriza a todo el libro, la amante habla, es ella quien construye una imagen visual poderosísima, lograda a base de lenguaje, cuando dice: “Tú podrías acercarte al miedo y presentir un territorio en el espanto floreciente, y podrías traspasar el miedo y continuar el bosque donde acaba el bosque; pero nunca vas a conquistar a una mujer; la mujer no es conquistable”, e insinuando una nueva posibilidad, vuelve a dirigirse al hombre: “lo único posible es descarriar, no enamorar, descarriar: hacer que me equivoque, lograr que desconozca lo que fui: llamarme con la bestia del poema, rozarme con el ángel del poema, llenarme con el hombre del poema/ Porque solo en el poema el cuerpo se hace tiempo / Y ya no necesita eternidad”.

Avecillas nos propone un segundo descarrío, un final alterno, una alteración en el orden de las cosas porque el amor siempre es así: un ímpetu, una tiranía, un torrente de ternura capaz de ocasionar catástrofes. Y entonces vuelve el acto del lenguaje a ser amor y vuelve el hombre a la mujer y en ese reincidir  hay desenlace.

A la manera de Roberto Juarroz, Avecillas pareciera ser fiel a una consigna: Desbautizar el mundo,/sacrificar el nombre de las cosas/ para ganar su presencia. El poeta hace de este libro una ofrenda; sus palabras se iluminan solas, respondiendo a una tentación siempre irrealizable (y por eso mismo victoriosa) de resignificar el mundo, ahí donde el amor es mundo propio, el mundo de los hombres. Y aquí el hombre (no el poeta: el hombre) tiene el compromiso de vivir. ¿De qué modo? Acatando el llamado de la poesía. Y para ello, renunciar, aceptar una derrota. Y ya armonioso (pero inquieto), provocar el nacimiento: hacer palabra. Ganar presencia y renombrar aquello que delata plenitud e incertidumbre, destrucción y biología. Porque las evocaciones líricas de Avecillas, de una belleza rotunda, parecen decir: estamos aquí para ser demolidas. Su canto, el canto que toca las “regiones de enloquecimiento” del lenguaje amoroso, ¿no es también una manera de confesar la incompleción?

Al ejercicio escritural, vital, de Cristian Avecillas, le precede una voluntad de subversión, de riesgo; no se deja tentar por la invención, pero sí por la imaginación. El poeta inaugura, crea realidad, funda en su lenguaje como el religioso funda en su fe.

Y es precisamente en Estrategias para descarriar a una mujer donde podemos intuir al hombre, al poeta que huye del vínculo inmediato entre sentimiento y escritura, de ese dictado que proviene del recuerdo, para ir, de manera portentosa y sin rodeos, a los temas que le incumben: el sentido de lo sagrado, lo sagrado del lenguaje, la mujer y su misterio. Y cuando los aborda, con el tenso lirismo que lo caracteriza y una riqueza plástica poco común, logra la unidad vivificante: desata humanidad, hace el poema.

Así pues, la poética de Cristian Avecillas, como la de Edmond Jabès o Antonio Porchia, no está hecha de conceptos, mucho menos de recuerdos, sino de pensamiento, de un pensamiento de orden ético, de fuerza estética, de una “sensibilidad hemisférica” agudizada por la voluntad de atender al mundo que lo rodea. Sus poemas son un triunfo, son lámparas de sangre y fosforecen, brillan por su dignidad como los animales en la hora de la muerte.

Daniela Camacho

*Texto de presentación al libro Estrategias para descarriar a una mujer (Jaguar Editores, 2012), que celebramos en el Café-Libro de Quito, Ecuador, el pasado 9 de octubre. Junto a Cristian López Talavera y el autor, Cristian Avecillas.
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Acerca de DANIELA CAMACHO

México, 1980. Poeta y traductora. Autora de los libros 'Experiencia Butoh' (Amargord Ediciones, España y Cosmorama Edições, Portugal, 2017); 'Lantana' (Ejemplar Único, España, 2017); 'Carcinoma' y 'Híkuri' (Libros de artista, Artes de México, 2014) e '[imperia]' (Editorial El perro y la rana, Venezuela, 2013); entre otros.
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